miércoles, 8 de agosto de 2007

Errarum hipocraticum est...
A principios de este mes, salieron dos noticias que me dejaron estupefacto por lo inconcebibles. Por una parte, un hombre mayor que padecía una enfermedad terminal, fue dado por muerto en un sanatorio de Quilmes y mientras lo trasladaban a la morgue de otro sanatorio, enfundado en la bolsa mortuoria, un empleado advirtió que se movía... Nuestro sujeto falleció, realmente, no menos de 48 hs después.
Por otro lado, y tan patético como el anterior, se dio en Monte Grande el caso de una beba de 22 semanas de gestación que tras nacer prematura, los médicos determinaron que había fallecido por lo que fue colocada en una heladera de la morgue, hasta que un empleado advirtió que lloraba...
Finalmente, la pequeña falleció también en no menos de 48 hs.

Pero qué carajo es todo esto?
No corren escalofríos por el cuerpo?
Por supuesto que esto podría dar lugar a ocurrencias de todo tipo pero me parece deleznable ponerme en tal situación, aunque, confieso, estos casos parecen escapados de uno de esos cuentos de Edgar Allan Poe. Pero, claro, nuestro querido amigo escribía sobre la base de unas fantasías provenientes de su torturado espíritu y de ciertas adicciones; acá, se supone, vivimos en el mundo real. Me equivoco?
Una pregunta inquietante surge de estas inauditas situaciones ¿cuántos otros casos habrán pasado ocultos? Y el ocultamiento lo refiero en todos los sentidos: tanto para los galenos, los paramédicos como para la prensa, menos —obviamente— para quién haya pasado el trance y esté esperando arriba para que los autores del yerro rindan sus cuentas. De no creer.

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