viernes, 10 de agosto de 2007

Confesiones de Invierno

Habíamos cortado con Gabriela y Pae me tira que me quede unos días en su dpto que el tenía que viajar a San Juan por unos negocios. Yo agarro la onda y por unos días soy dueño de un lugar ajeno. En esos días se jugaba la final de una Copa América entre Argentina y Méjico —creo que 1.993, hace catorce años ya!!—, recuerdo los dos goles de Batistuta que salimo' campeone' Estoy en Vicente López, sobre la avenida Maipú, donde corta con Irigoyen.

Después de estar un par de días empezó a pintarme la nostalgia por la casa de los viejos, ya me conocía de memoria todos los peces que estaban en semejante pecera, les daba de comer y me dí a pensar que si semejante cubo acuático se rajaba, desde ese décimo piso íbamos a generar un tsunami... aunque, si lo pienso, ya deberían estar acostumbrados por el barrio a los fenómenos naturales desde que la monita de Pae voló esos diez pisos al fallar en un salto desde la ventana del cuarto a la del comedor que estaba cerrada y se la pegó como esos pajaritos que, creyendo que no hay nada, se llevan puesto el vidrio. La diferencia, claro, es que los monos de ahora no tienen alas —a lo mejor alguna mitología los recoge alados, no es el caso— y su pobre mascota y compañerita después del frentazo vino al vacío desde semejante altura.
Aunque parezca inconcebible, esa vez la mona sobrevivió semejante caída; los que vean una analogía con la tortuga que doce años después se me rifó desde el balcón de mi dpto desde un octavo piso y que comento acá en otro lugar, les aclaro: ambos bichitos, efectivamente, sobrevivieron tras grosero trauma pero Tortis (la tortuga) aún vive sus días en otro lugar ajeno al vértigo y se habrá quedado sorda porque nuestra recordada monita expiró en las fiestas de ese año por el estrés que le produjeron los fuegos artificiales.

Siguiendo con mis días en lo de Pae, encima, lo más fuerte que tomaba mi amigo en ese momento —y creo que en toda su vida— era el Tía María el que ya me estaba empezando a dar arcadas. Eso sí, los cafecitos eran muy buenos, ahí bien guardaditos en tuppers herméticos en la heladera de donde yo, a diferencia de su dueño, los sacaba sin detenerme tanto en reparar en su aroma.

El aludido tenía un buen televisor, enorme, en el cuarto y una videocasetera, todo de avanzada para la época, de acuerdo al gusto de este muchacho que le gustan los chichitos hi tech pero que le cuesta desprenderse sentimentalmente de los old tech. En uno de esos momentos de agobio, pienso: dónde era que este turro guarda esos videos que no me deja ver?. Tras patrullar el dos ambientes, los encuentro y antes de mandar el VHS a la máquina, pienso: este guacho, como me conoce, habrá puesto una trampa, con el dedo pulgar de mi mano derecha levanto lentamente la solapa de la Panasonic, ahí donde ensartás el video, y qué veo? un trocito de papel!! Ajá, guachito!, desconfiando de tu amigo!; qué cosa más fea!!, pusiste el artilugio para, al llegar y si no estaba en su lugar, me inquirieras «Richón, usaste la videocasetera, pá qué? ... Con cuidado, casi con amor, tomo el papelito buchón, lo guardo en mi paquete de Camel, termino de pispear dos videitos al azar, no más. Ya es mucho. Retiro el último y después de apagar todo, pongo de nuevo, en su lugar, el papelito de Pae.
Sorry, amigo, más vale tarde que nunca. Son cosas de pendejos.
Igual me seguís queriendo, nop?

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